Hay una geografía que en los mapas escolares aparece desdibujada, casi como un apéndice tímido al pie de Chile. El Territorio Chileno Antártico, ese vasto sector que se proyecta hasta el Polo Sur y que constituye una de las apuestas soberanas más significativas del país, sigue siendo, para gran parte del estudiantado nacional, una abstracción lejana. Pero desde Cholchol, en plena Región de La Araucanía, hay un profesor de Lenguaje que ha decidido cambiar esa historia, una clase a la vez. Se llama Miguel Pincheira, 41 años y actualmente además estudiante de Periodismo de la Universidad Gabriela Mistral, bajo su conducción, los estudiantes del Liceo Bicentenario James Mundell se han convertido en colaboradores activos del libro "Cuentos Antárticos y algo más", una obra impulsada por la Fundación Huellas Magallánicas en el marco del programa Embajadores Antárticos. Su experiencia es una pequeña gran lección sobre cómo, desde un aula cualquiera, se pueden tender puentes hasta los hielos australes.
Un docente que convirtió el aula en taller literario
El profesor Pincheira no enseña Lenguaje como un ejercicio aislado de gramática y comprensión lectora. Para él, la asignatura es una herramienta de identidad, ciudadanía y conexión territorial. Bajo esa convicción, transformó su sala de clases en un taller de escritura creativa con propósito real, donde los textos que producen sus alumnos no quedan archivados en una carpeta, sino que se proyectan hacia un libro impreso destinado a la primera infancia chilena.
Su mirada es franca y sin rodeos cuando se le consulta por la educación antártica en Chile. "Lamento que el currículum nacional no considere la Antártica como un tesoro nacional", afirma. "El continente blanco es un lugar magnífico para estudiar en las diversas áreas como la ciencia, historia, literatura, etcétera". La frase, dicha sin solemnidad, resume una convicción que ha guiado dos décadas de docencia: la Antártica tiene un potencial pedagógico inmenso, y desaprovecharlo es una pérdida que pagamos todos.
El diagnóstico: vínculo escaso, pero no por falta de tema
Pincheira lleva veinte años en el aula, y desde esa experiencia observa una asimetría reveladora. "Los programas de estudios, en ningún OA se valora el continente como lugar de estudio. Los estudiantes e incluso los docentes ignoramos la realidad del territorio nacional", sostiene. Y agrega: "Lamentablemente pasan los gobiernos y ministros, pero en mis 20 años como docente no he visto un vínculo real con la Antártica, si lo comparamos con la Isla de Pascua o con Chiloé. Es evidente el olvido que genera como efecto ignorancia en nuestros estudiantes".
El diagnóstico es duro, pero el profesor no se queda en la queja. Su forma de responder al vacío institucional fue dar un paso al frente: tomar el tema con sus propias manos y llevarlo al aula, sin esperar a que ningún programa oficial se lo permitiera. Así nació su decisión de sumarse al proyecto editorial impulsado desde Magallanes, articulando un trabajo pedagógico que va más allá del currículum tradicional.
Estudiantes que se encienden cuando se les invita
Si hay un punto donde la voz del profesor se vuelve luminosa, es cuando habla de sus alumnos. Pincheira ha verificado en terreno algo que muchos docentes intuyen: los jóvenes responden cuando se les abre una puerta verdadera al conocimiento. "Los estudiantes sí se motivan; depende del interés que el docente les despierte", explica. "Es llamativo para ellos establecer una cercanía con ese rincón de Chile que solo han visto en reportajes o documentales. Leer cuentos o noticias les cautiva el interés de inmediato".
Esa motivación se ha traducido en un trabajo pedagógico exigente. Los estudiantes del Liceo James Mundell han leído manuscritos, investigado contextos, comprendido episodios históricos y revisado la accesibilidad de los relatos para lectores de cinco a ocho años —un desafío mayor, porque escribir para la primera infancia obliga a depurar el lenguaje, encontrar metáforas claras y construir personajes entrañables. Han trabajado con material vivo: el rescate liderado por el Piloto Pardo, las operaciones del AP 45 "Piloto Pardo", la labor cotidiana de los científicos en bases polares, los desafíos de la logística antártica y la fauna del océano Austral. Cada dato, cada testimonio, se ha transformado en narración capaz de llegar al mundo de un lector de seis años.
El resultado va a quedar plasmado en seis relatos: "El abrazo que cruzó el mar", "El gran viaje de papá a la Antártica", "Ramón y el buque de valientes", "Estela y los secretos de los hielos", "Joakrill y el barco valiente" y "Pipo y la Estrella del Austral". Cada uno construido con una pedagogía paciente, donde el profesor ha cumplido el rol de mediador cultural traduciendo la épica antártica al lenguaje sensible de la literatura infantil.
Soñar con mejores recursos: una Antártica al alcance de todos
Pincheira sabe que el material disponible es insuficiente, y lo dice con claridad: "El material didáctico no es suficiente. Internet no logra mostrar la verdadera realidad. Me gustaría ver videos o imágenes en 3D, y que estén al alcance de todos los estudiantes del país".
La frase no es nostalgia, es proyecto. Sueña con recursos inmersivos, modernos, capaces de poner el continente blanco en la pantalla de cualquier escuela de Chile, desde Putre hasta Puerto Williams. Esa universalización del acceso es, para él, un asunto de equidad: la Antártica no puede ser patrimonio cultural solo de quienes tienen la fortuna geográfica o económica de acercarse al sur. Iniciativas como "Cuentos Antárticos y algo más" —que se distribuirá durante el primer semestre del presente año a profesores, familias y bibliotecas escolares— van precisamente en esa dirección, y por eso él se ha sumado con entusiasmo.
Una invitación a colegas: aprender de quienes hacen patria
Cuando se le pregunta cómo motivaría a otros docentes a comprender la Antártica, Pincheira reconoce el desafío con humildad: "Motivar a los docentes es complejo. Es un lugar poco explorado, no sabemos mucho y los argumentos son escasos desde la tribuna de la ignorancia". Pero su respuesta es propositiva: "Sería importante conectar con habitantes del lugar, como los uniformados que hacen patria, y que nos empapen de su experiencia".
La idea es luminosa: una pedagogía del testimonio donde marinos, científicos del INACH, integrantes del Ejército, Armada de Chile, FACH y expedicionarios compartan, en vivo, lo que significa habitar el hielo. Esa conexión humana, intuye Pincheira, puede hacer más por la "antartización" del país que cualquier guía didáctica oficial.
¿Es Chile un país antártico? La respuesta de un profesor
A la pregunta final, Pincheira responde con honestidad y con esperanza al mismo tiempo: "En lo personal, sí lo creo y lo valoro. Pero la centralización no permite culturizar a los ciudadanos. No se percibe una motivación por acercar al país hacia el sur. Debiésemos caminar más hacia el lado blanco del país y olvidarnos de la selva de cemento".
La frase tiene fuerza de manifiesto. No es la queja amarga de quien renuncia, sino la voz de quien sabe que el cambio es posible y empieza por hacerlo en su propia aula. Caminar hacia el lado blanco del país: esa es la invitación.
Una lección desde Cholchol para todo Chile
Que un profesor de Lenguaje, en una comuna de La Araucanía a más de tres mil kilómetros del Polo Sur, conduzca a sus estudiantes a aportar en un libro sobre la Antártica destinado a la primera infancia, es por sí mismo un gesto pedagógico esperanzador. Rompe la idea de que el continente blanco es asunto exclusivo de Magallanes y lo instala como patrimonio compartido. Demuestra que cuando un docente se compromete, el currículum oficial deja de ser un techo y se convierte en un punto de partida.
Miguel Pincheira lo resume con la sencillez de quien ha encontrado su vocación: la Antártica no se cuenta solo desde las bases y los buques. También se cuenta desde las aulas. Y esas aulas, como la suya en Cholchol, pueden estar en cualquier rincón del país, escribiendo, junto a un puñado de jóvenes entusiasmados, las primeras páginas de la relación de los niños y niñas de Chile con el continente blanco. La esperanza, parece decirnos su experiencia, no está en esperar que el sistema cambie: está en encender, una a una, las velas de cada sala de clases.
