Hay barcos que dejaron de surcar el mar para navegar la memoria. El Fram es uno de ellos. Amarrado bajo la gran estructura triangular del Frammuseet, en la península de Bygdøy, el casco de madera más resistente jamás construido para las regiones polares recibió en estos días a un grupo singular de visitantes: investigadores llegados desde distintos rincones del mundo que participaron en la 12ª Conferencia de Ciencia Abierta del Comité Científico de Investigaciones Antárticas (SCAR), celebrada en la capital noruega bajo el lema "Diving into Antarctic Science: Making Waves for the Future".
La visita al museo fue una de las últimas actividades del OSC de SCAR 2026, y quizá una de las más cargadas de simbolismo. Después de cinco jornadas de plenarios, mesas de discusión y sesiones paralelas dedicadas al futuro del continente blanco, la comunidad científica cerró el encuentro volviendo la mirada al pasado, a las raíces mismas de la exploración polar. Porque para entender hacia dónde va la ciencia antártica, conviene recordar de dónde viene.
Un barco que fue tres expediciones
El Fram —"adelante", en noruego— no es un navío cualquiera. Concebido por el ingeniero Colin Archer a instancias de Fridtjof Nansen, su casco redondeado fue diseñado para no ser aplastado por el hielo, sino para elevarse sobre él cuando la banquisa apretara. Con esa idea, aparentemente contraintuitiva, el barco protagonizó tres de las grandes gestas de la llamada Edad Heroica de la exploración: la deriva ártica de Nansen entre 1893 y 1896, los viajes de Otto Sverdrup por el archipiélago canadiense y, sobre todo, la expedición que llevó a Roald Amundsen a convertirse en el primer ser humano en alcanzar el Polo Sur, el 14 de diciembre de 1911.
Es esa última hazaña la que da al Frammuseet buena parte de su aura. Entre sus vitrinas se conservan reliquias, instrumentos, diarios, vestimentas y antecedentes de la expedición de Amundsen: los trineos, los esquíes, los enseres cotidianos con que un puñado de hombres desafió al lugar más inhóspito del planeta y regresó con vida. El museo custodia, además, la Gjøa, la pequeña embarcación con que el propio explorador noruego completó por primera vez el Paso del Noroeste. Todo un relato nacional puesto en escena con rigor y sensibilidad.
Recorrer las cubiertas, tocar la historia
Lo que distingue al Frammuseet de otros museos es que el visitante puede subir a bordo. No se trata de contemplar el Fram tras un cordón, sino de descender por sus escaleras, recorrer sus cubiertas, asomarse a los estrechos camarotes y sentir, bajo los pies, la madera que resistió los inviernos polares. La ambientación —luces, sonidos, temperaturas— busca aproximar al público a lo que significó vivir meses enteros encerrado en ese microcosmos de vigas y cuadernas.
Para el historiador Francisco Sánchez, la experiencia superó las expectativas. "Fue una visita extraordinaria, especialmente por la muestra museológica y la puesta en valor a la historia polar noruega", señaló. Y agregó, todavía impresionado por el recorrido: "Es realmente conmovedor recorrer las distintas cubiertas del Fram, lo cual invita a vivir una experiencia única y conmovedora". No es un detalle menor viniendo de un especialista: la manera en que Noruega ha sabido convertir su legado polar en patrimonio vivo constituye, en sí misma, una lección de política cultural y de memoria histórica.
La periodista científica María Pastora Sandoval Campos puso el acento en el contraste entre aquellos pioneros y la ciencia de hoy. "Si bien uno sabe la precariedad de los exploradores de principio del siglo XX, impresiona la capacidad de ellos de poder sobrevivir a situaciones tan extremas en una embarcación tan pequeña y con medios tan básicos", reflexionó frente al casco del Fram. Y trazó una comparación elocuente: "Por ejemplo, hoy contamos con ropas de alta tecnología para soportar el frío y en ese momento no". La observación resume, en pocas palabras, el abismo tecnológico que separa a Amundsen de los científicos que hoy trabajan en el continente: donde antes había lana, cuero y una determinación casi temeraria, hoy hay textiles inteligentes, estaciones climatizadas, satélites y modelos predictivos. Y, sin embargo, el frío, el aislamiento y la inmensidad siguen siendo los mismos.
Presencia chilena en el corazón polar noruego
La delegación que recorrió el Frammuseet dejó constancia del creciente peso de Chile en la investigación antártica. En la actividad participaron académicos e investigadores del Instituto Antártico Chileno (INACH), la Universidad Mayor, la Universidad de Chile, el Instituto Milenio BASE y la Universidad Autónoma de Chile, junto a colegas provenientes de universidades y centros de estudio de los más diversos rincones del planeta.
Esa combinación —lo chileno y lo internacional caminando juntos por las cubiertas del Fram— no es casual. Chile, país antártico por geografía y por vocación, ha ido consolidando en las últimas décadas una comunidad científica robusta y diversa, capaz de dialogar de igual a igual en los grandes foros mundiales. La presencia nacional en SCAR 2026, tanto en las sesiones académicas como en las actividades de cierre, confirma que la ciencia polar chilena dejó hace tiempo de ser un actor secundario para convertirse en interlocutor de pleno derecho.
De la Edad Heroica a la ciencia del futuro
Que una de las últimas actividades del encuentro haya sido esta visita tiene algo de circularidad poética. Los investigadores que durante la semana debatieron sobre el deshielo, la biodiversidad del Océano Austral, la gobernanza del continente y los desafíos del cambio climático, terminaron su jornada frente al testimonio material de quienes, hace más de un siglo, se atrevieron a lo imposible con una fracción de los recursos actuales.
El Fram recuerda que toda la ciencia antártica contemporánea —sus estaciones, sus rompehielos, sus programas de cooperación internacional— se sostiene sobre los hombros de aquellos exploradores que abrieron camino cuando el mapa del sur del mundo todavía estaba en blanco. Amundsen y sus hombres no tenían modelos climáticos ni comunicaciones satelitales; tenían un barco, perros de tiro y una voluntad inquebrantable.
Al abandonar el museo, con la tarde nórdica cerrándose sobre el fiordo de Oslo, más de un visitante debió sentir esa extraña continuidad que une la aventura y el conocimiento. La misma que, salvando las distancias, lleva hoy a científicos chilenos y de todo el mundo a viajar hasta el fin del planeta para descifrar sus secretos. El Fram ya no navega, pero sigue empujando hacia adelante. Adelante, como su nombre.
