Hubo un tiempo en que los mapas todavía guardaban un vacío blanco en el corazón del sur del mundo, y ese vacío llamaba a los hombres con la voz irresistible de lo desconocido. A comienzos del siglo XX, cuando Amundsen y Scott ya habían clavado sus banderas en el Polo Sur, quedaba en pie una última proeza capaz de coronar la Edad Heroica de la exploración antártica: atravesar el continente blanco de mar a mar, desde el mar de Weddell hasta el mar de Ross, cruzando el propio Polo por tierra. A esa empresa colosal consagró su nombre, su fortuna y su vida entera Sir Ernest Henry Shackleton.
No era Shackleton un aventurero improvisado. Se había forjado en el sur profundo junto a Robert Falcon Scott en la expedición del Discovery, y más tarde, al mando de la Nimrod, había avanzado hasta menos de ciento ochenta kilómetros del Polo Sur, más lejos que ningún hombre antes que él, para regresar vivo por decisión propia cuando comprendió que seguir era morir. Aquel gesto de prudencia, más difícil que la temeridad, revelaba ya al líder que sería: un hombre obsesionado con la gloria austral, sí, pero incapaz de cambiar la vida de sus hombres por un puñado de kilómetros de fama. Esa contradicción luminosa lo acompañaría hasta el fin.
Nació así la Expedición Imperial Transantártica, concebida bajo el amparo de la Corona británica y sostenida por la voluntad de un hombre que había hecho del hielo su destino. La leyenda cuenta que Shackleton convocó a sus tripulantes con un anuncio despiadadamente honesto, que prometía frío, tinieblas, peligro constante y el dudoso honor del regreso; miles respondieron al llamado. En agosto de 1914, mientras Europa se despeñaba en la Gran Guerra, el Endurance zarpó desde Plymouth con veintiocho almas a bordo, rumbo al último confín del planeta. El barco llevaba un nombre que era también la divisa de la familia Shackleton: por la constancia, vencer. Nunca un nombre resultó tan profético, pues la constancia sería, al final, lo único que quedaría en pie.
El destino, sin embargo, no aguardaba en el continente, sino en el propio umbral. En enero de 1915, a menos de doscientas millas de la bahía Vahsel, el Endurance quedó aprisionado en el vasto campo de hielo del mar de Weddell. La banquisa se cerró en torno al casco como una tenaza silenciosa y lo arrastró, indefenso, durante meses interminables de deriva polar. Los hombres vieron pasar el otoño, el invierno y la primavera austral atrapados en un buque inmóvil, prisioneros de un océano congelado que jugaba con ellos a su antojo.
Cuando la presión de los hielos se hizo insoportable, la madera cedió con crujidos que parecían lamentos. El 21 de noviembre de 1915, el Endurance se hundió para siempre en las aguas negras del Weddell, dejando a su tripulación a la intemperie sobre una plataforma de hielo a la deriva. Comenzaba entonces una de las mayores epopeyas de supervivencia jamás narradas: veintiocho hombres, sin barco, sin refugio y sin esperanza aparente, sostenidos únicamente por la disciplina férrea y el liderazgo indoblegable de su jefe, a quien todos llamaban simplemente El Jefe.
Durante meses acamparon sobre témpanos que se resquebrajaban bajo sus pies, alimentándose de focas y del recuerdo de un mundo tibio y lejano. Cuando el hielo por fin se fracturó, se lanzaron al mar en tres frágiles botes salvavidas y, tras días de remo agónico entre olas heladas, alcanzaron la desolada isla Elefante, en las Shetland del Sur. Era tierra firme por primera vez en dieciséis meses, pero era también una prisión de roca y viento, perdida en un rincón del planeta donde jamás llegaba un barco.
Shackleton comprendió que esperar allí era morir. Entonces concibió el plan más temerario de todos: cruzar el océano más furioso de la Tierra en un bote descubierto. Con cinco compañeros se embarcó en el James Caird, una lancha de apenas siete metros, y navegó cerca de mil quinientos kilómetros de mar abierto hasta la isla San Pedro, en las Georgias del Sur. Dieciséis días de tormentas colosales, sed, hielo y agotamiento culminaron en un desembarco milagroso. Aún faltaba lo peor: atravesar a pie, sin mapa ni sendero, las montañas y ventisqueros jamás hollados de la isla, hasta llegar extenuados a la estación ballenera de Stromness.
Había salvado su propia vida y la de cinco hombres. Pero veintidós compañeros seguían clavados en la isla Elefante, contando los días bajo un bote volcado, mientras el invierno antártico apretaba su cerco. Shackleton no descansaría hasta rescatarlos a todos. Uno tras otro, sus intentos se estrellaron contra la muralla infranqueable del hielo: primero desde las Georgias, luego desde las Falkland, la banquisa lo rechazó sin piedad. Fue entonces cuando el explorador dirigió su mirada hacia el norte, hacia el único puerto del planeta que podía comprender su angustia y responder a su ruego.
Ese puerto era Punta Arenas, en el estrecho de Magallanes: la última ciudad antes del hielo, la verdadera puerta de entrada a la Antártica. El 4 de julio de 1916, Shackleton, junto al capitán Worsley y al marino Crean, llegó a esta ciudad austral tras sucesivos fracasos, buscando lo que ninguna otra nación había podido darle. No era casualidad que fuera precisamente allí donde encontrara acogida. Chile, país bioceánico y tricontinental, tendido entre el Pacífico y el Atlántico y proyectado con vocación natural hacia el continente blanco, era el vecino más próximo de aquella soledad helada, y su territorio austral el más avanzado del mundo hacia los hielos.
La comunidad magallánica hizo suya la causa del explorador con una nobleza que asombró al propio Shackleton. En el Club Británico, corazón de la ciudad, la Asociación Británica de Magallanes reunió en menos de tres días mil quinientas libras esterlinas para costear un nuevo intento, suma completada gracias al aporte del cónsul español Francisco Campos. Aquella solidaridad del confín del mundo, brotada de una ciudad pequeña y azotada por el viento, sostuvo la esperanza cuando las grandes potencias parecían haber olvidado a los náufragos. En la gente de Magallanes, forjada por el temporal y el mar, y en la Armada de Chile, curtida en los canales más ariscos del planeta, Shackleton hallaría por fin la mano que el hielo le había negado. Al fin del mundo había llegado el explorador; y el fin del mundo, contra todo pronóstico, se disponía a responder. Lo que vendría después no sería obra del azar, sino de la vocación austral de una nación entera.
