La odisea antártica del teniente Alberto Chandler, héroe olvidado de Chile
Hay glorias que el mar guarda en silencio. Hay nombres que el hielo escribe y luego, con la misma indiferencia con que sepulta a los buques, borra de la memoria de los hombres. El del teniente segundo Alberto Chandler Bannen es uno de ellos: el del miembro de la Armada de Chile que navegó hacia el continente blanco, y a quien su propia patria condenó a más de un siglo de olvido.
El silencio del mar de Weddell
Corría 1903. En las salas científicas de Europa y América crecía una angustia sorda. El geólogo sueco Otto Nordenskjöld —que años antes había recorrido la Patagonia chilena y advertido que aquellas tierras australes guardaban secretos aún no descifrados por la ciencia— se había internado en el continente blanco a bordo del ballenero Antarctic, y de él no se tenían noticias. La nave era esperada en Buenos Aires el 1° de mayo. No llegó. El silencio del mar de Weddell empezó a pesar sobre el mundo como una losa.
Náufragos en el hielo
Lo que nadie sabía entonces era que el Antarctic ya no existía. El 12 de febrero de 1903, frente a la isla Paulet, los hielos habían apretado su casco hasta hacerlo crujir, vencerlo y hundirlo lentamente bajo la superficie, llevándose consigo instrumentos y colecciones reunidas con esfuerzo heroico. Sus náufragos caminaron casi veinte días sobre témpanos a la deriva antes de alcanzar tierra. Y la tragedia se había triplicado: Nordenskjöld aislado en Snow Hill, Gunnar Andersson atrapado en bahía Esperanza, el capitán Larsen y los suyos varados en Paulet, comiendo carne de pingüino y levantando muros de piedra para resistir el invierno polar. Tres grupos de hombres, librados a su suerte, esperando un milagro que tardaría meses en llegar —si es que llegaba.
Un héroe que nunca lo pidió
El milagro tuvo nombre de corbeta: la Uruguay, de la Armada Argentina, al mando del teniente de navío Julián Irizar. Y tuvo, también, un gesto de fraternidad sudamericana que la historia chilena parece olvidar.
Fue el vicealmirante Jorge Montt quien, hallándose en misión oficial en Buenos Aires aquel agosto, solicitó al presidente Julio Roca que un oficial chileno se integrara a la expedición de rescate. Roca aceptó. Y la elección recayó sobre un joven que jamás lo había pedido: Alberto Chandler Bannen.
No era un nombre cualquiera. Nacido en Lima, hijo de madre chilena, sobrino de connotados marinos, Chandler había entrado a la Escuela Naval a los trece años y se había encaramado hasta el primer lugar de su promoción. Disciplinado, brillante, de trato cálido, encarnaba lo mejor de una generación naval forjada entre cartas hidrográficas y mares australes. Cuando la orden lo alcanzó, estaba embarcado en el norte, en Iquique. Montt lo hizo regresar de inmediato.
A través de la cordillera
El tiempo era el enemigo. No quedaba margen para rodear el continente por el Estrecho. Así que Chandler cruzó la cordillera de los Andes a lomo del ferrocarril trasandino, dejando atrás las cumbres nevadas de su patria para ir al encuentro de un frío infinitamente mayor. Antes de partir, el director de la Oficina Hidrográfica, Luis Pomar, le entregó una misión científica que era casi un poema de la curiosidad: registrar sondajes y corrientes, témpanos y nieblas, los fenómenos eléctricos del cielo polar, las especies de focas y ballenas. Debía volver con una memoria convenientemente ilustrada con planos, mapas y vistas panorámicas. Chile, por primera vez, miraba hacia el sur a través de los ojos de uno de los suyos.
Rumbo al confín del mundo
El 7 de octubre de 1903, por decreto del propio presidente Roca, el teniente chileno fue investido con el grado de alférez de navío de la Armada Argentina. Al día siguiente, 8 de octubre, la Uruguay zarpó de Buenos Aires hacia el confín del mundo. Y en el puente de mando, junto al comandante Irizar, iba Chandler: nombrado su ayudante, su segundo, el hombre que asumía la nave cada vez que el comandante bajaba a tierra.
El 20 de octubre, la corbeta tocó Ushuaia para cargar carbón y agua. Ese mismo día Chandler cumplía veinticinco años. No sabemos si alguien lo celebró a bordo; sabemos, sí, que era su cumpleaños y que lo pasó al borde de lo desconocido, esperando entrar al territorio donde los buques desaparecen.
El rescate
El 1° de noviembre, la Uruguay retomó rumbo al sur. El 7 de noviembre —jornada que merece grabarse en bronce— el comandante Irizar alcanzó Snow Hill y encontró con vida a Nordenskjöld, al alférez argentino José María Sobral y a sus compañeros. Uno tras otro, los tres grupos de náufragos fueron rescatados. Solo faltó uno: el joven noruego Wennesgaard, muerto en el camino, sepultado para siempre en la isla Paulet, bajo el cielo que lo había vencido.
Mientras los demás oficiales pisaban el hielo, Chandler permanecía a bordo. Su deber como ayudante de Irizar lo encadenaba al puente: cuando el comandante desembarcaba, él era la Uruguay. No hollaría la nieve antártica con sus botas, pero sostuvo el timón del rescate en sus manos. Desde Santa Cruz, en el regreso, despachó un telegrama al Apostadero Naval de Magallanes con palabras que resumen toda epopeya en su sobriedad marinera: llegamos sin novedad con Nordenskjöld i náufragos del Antarctic; hemos contado con suerte.
El 2 de diciembre, la corbeta entró a Buenos Aires entre cohetes, cornetas y un júbilo multitudinario. La prensa mundial coronó de gloria a la Armada Argentina. A Chandler, la sociedad porteña lo colmó de cariño; recibió dos medallas de plata, una de ellas obsequio de la familia Sobral. Había sido el primer oficial naval chileno en viajar a la Antártica.
El regreso amargo
Y aquí la epopeya se tuerce en amargura. De vuelta en Valparaíso, sus camaradas lo agasajaron a bordo de la Esmeralda. Como dato curioso se le descontó de su sueldo —peso a peso— los anticipos entregados para el viaje y para el uniforme argentino que se vio obligado a comprar. Recién el 5 de febrero de 1904 volvió a cobrar su salario completo. Su memoria científica, fruto de instrucciones tan ambiciosas, se perdió: quizás bajo los escombros del terremoto de 1906, que derrumbó la Oficina Hidrográfica de Valparaíso.
El héroe olvidado
Después, el silencio. Mientras la Uruguay se conserva hoy como museo flotante en Puerto Madero, recordando a bordo al oficial chileno que la acompañó, en Chile apenas un puñado de historiadores —Julio Escudero, Mateo Martinic, Mauricio Jara, Consuelo León y Francisco Sánchez— consignaron su hazaña en más de cien años. Fueron los argentinos quienes guardaron su memoria.
Héroe olvidado, lo llamaron. Lo fue. Pero el hielo, que todo lo borra, no pudo del todo: aquí está su nombre, devuelto a la luz. Alberto Chandler Bannen, centinela chileno en el confín del mundo.
