El temple del piloto: Luis Pardo Villalón y su oficio en los escampavías

Antes de que su nombre quedara grabado en la cartografía antártica, Luis Alberto Pardo Villalón fue, durante años, uno de esos marinos sin nombre que mantienen viva la soberanía en los confines. No comandó acorazados ni condujo escuadras. Su escuela fue la más dura y la más callada: la de los canales australes, la de los faros que hay que reabastecer en pleno temporal, la de las caletas aisladas que solo saben del mundo cuando aparece por el horizonte el humo de una escampavía. Comprender su carácter exige mirar primero ese aprendizaje, porque en él estaba ya escrito el hombre que, en agosto de 1916, se atrevería a cruzar el paso Drake.

Un marino mercante al servicio de la Armada

Pardo pertenecía a una estirpe particular dentro de la marina chilena: la de los pilotos. La ley de 1890 había creado la Escuela de Pilotines precisamente para formar oficiales de la Marina Mercante Nacional que, a la vez, pudieran servir como pilotos de la Marina de Guerra, haciéndose cargo como oficiales mayores de los escampavías, de las comisiones de faros regionales y de la dotación de los transportes. Era una condición doble y fronteriza: hombres de la marina mercante habilitados y adscritos a la Armada, formados no para la batalla sino para el trabajo perpetuo del mar. A esa escuela ingresó el joven Pardo el 26 de julio de 1900, con dieciocho años, a bordo de la vieja corbeta a vapor Abtao. Terminó sus estudios en 1903 e ingresó al servicio como piloto 3.º en 1906, destinado a las labores de desarme de buques en Talcahuano.

El 13 de septiembre de 1910 ascendió a piloto 2.º y fue enviado al Apostadero Naval de Magallanes, con base en Punta Arenas. Allí, en el extremo del continente, encontró su verdadera universidad. La marina mercante le había dado el oficio; la Armada le dio el escenario más exigente del planeta para ejercerlo.

Comisiones hidrográficas en los canales australes

En Magallanes, Pardo participó en distintas comisiones hidrográficas destinadas al estudio de los canales australes. La tarea no tenía nada de espectacular y lo tenía todo de heroica cotidianidad: sondar fondos que nadie había medido, levantar la forma exacta de costas que en las cartas figuraban apenas como manchas imprecisas, fijar bajos, roqueríos y corrientes que habían enviado al fondo a más de un navegante confiado. Cada dato arrancado a esas aguas era un peligro menos para quienes vinieran después. En ese trabajo minucioso, un piloto aprende algo que ningún manual enseña: a leer el mar por sus señales, a desconfiar de la niebla, a calcular márgenes donde no hay margen. Ese saber, acumulado braza a braza en los canales, sería exactamente el capital que un día pondría en juego frente a isla Elefante.

Faros, abastecimientos y el servicio invisible

La Armada empleaba entonces a sus escampavías en un abanico de faenas humildes y decisivas: patrullaje, reabastecimiento de faros, labores hidrográficas y apoyo a los pobladores. Pardo fue comandante de la escampavía Yáñez y conoció de memoria esa rutina. Relevar y aprovisionar a los fareros del Estrecho de Magallanes era una obligación sagrada: de esas luces solitarias dependía la vida de cuanto buque cruzara el paso, y de la puntualidad del escampavía dependía, a su vez, que el farero y su familia no quedaran librados al hambre y al aislamiento durante meses. Llevar víveres, correspondencia, carbón y medicinas a caletas y estancias perdidas entre los fiordos era la otra mitad del oficio.

De ese servicio invisible nació el temple de Pardo. Quien ha pasado años socorriendo a otros en aguas hostiles no concibe el mar como aventura, sino como deber. Cuando llegó la hora de decidir si una pequeña escampavía —sin doble casco, sin calefacción, sin telegrafía ni luz eléctrica— podía internarse en el Drake, Pardo no razonó como un temerario, sino como lo que era: un hombre acostumbrado a que la vida de otros dependiera de que él cumpliera su ronda.

La carta al padre (23 de agosto de 1916)

Aceptada la misión y a pocas horas del zarpe, Pardo dejó escritas a su padre unas líneas que se han convertido en el testimonio más limpio de su carácter. Se transcriben aquí en su versión más difundida:

«La tarea es grande, pero nada me da miedo: soy chileno. Dos consideraciones me hacen hacer frente a estos peligros: salvar a los exploradores y dar gloria a Chile. Estaré feliz si pudiese lograr lo que otros no. Si fallo y muero, usted tendrá que cuidar a mi Laura y a mis hijos, quienes quedarán sin sostén ninguno a no ser por el suyo. Si tengo éxito, habré cumplido con mi deber humanitario como marino y como chileno. Cuando usted lea esta carta, o su hijo estará muerto o habrá llegado a Punta Arenas con los náufragos. No retornaré solo.»

Anatomía épica de una carta

Cada frase de este documento encierra una clave del hombre. «La tarea es grande, pero nada me da miedo: soy chileno»: la nacionalidad no aparece como jactancia, sino como fuente de serenidad. Pardo no niega la magnitud del riesgo —dice que la tarea es grande—; lo que niega es el miedo, y lo hace apoyándose en su identidad. Es el valor de quien ha sido formado para servir.

«Salvar a los exploradores y dar gloria a Chile»: dos móviles, uno humanitario y otro patriótico, entrelazados sin contradicción. El marino de los escampavías, hecho al oficio de socorrer, funde el auxilio al náufrago con el honor de la nación. No hay cálculo de recompensa: hay deber.

«Si fallo y muero, usted tendrá que cuidar a mi Laura y a mis hijos»: aquí la épica se vuelve profundamente humana. Pardo no ignora que puede no volver. Ha medido la muerte con la frialdad del profesional y, aun así, dispone lo necesario para los suyos. No es un iluso lanzándose al abismo: es un padre que ordena su casa antes de partir. Esa lucidez ante el propio fin es, quizá, la forma más alta del coraje.

«Habré cumplido con mi deber humanitario como marino y como chileno»: la triple condición —hombre, marino, chileno— resume su vida entera. El éxito no lo mide en fama, sino en deber cumplido. Y la frase final, «no retornaré solo», es la más rotunda: no plantea la posibilidad de regresar habiendo fracasado. O vuelve con los veintidós, o no vuelve. En esa disyuntiva sin matices está el piloto entero, el mismo que durante años había aprendido, faro a faro y sonda a sonda, que en el mar austral cumplir la palabra empeñada es cuestión de vida o muerte.

El temple hecho decisión

Se ha dicho, con razón, que Pardo hizo lo que otras tres expediciones mejor pertrechadas no lograron. Pero la hazaña no brotó de la nada: fue la consecuencia lógica de una biografía. El niño con vocación de mar, el pilotín de la Abtao, el hidrógrafo de los canales, el comandante que relevaba faros y abastecía caletas, todos ellos estaban embarcados en la Yelcho aquella madrugada de agosto. Su carácter no se improvisó frente al Drake: se había forjado, callado y paciente, en los años del servicio invisible. Por eso, cuando llegó la prueba imposible, el piloto solo tuvo que ser lo que siempre había sido.

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